Por favor, no aplaudan todavía...

Es verdad, no merezco aplausos, ni más reconocimiento que el que me concede el saberme leído, al fin y al cabo, no dejo de ser el español número mil que se dedica a escribir un blog en horas del trabajo. Y es que en este país amigos míos, puedes pasar años sin trabajo, que a la primera oportunidad que te den te llevas los alicates a casa. Y no es por dinero, por los dos euros que te cuestan los alicates, es por joder a tu jefe, ese bastardo que gana dinero con tu sufrimiento, que ha conseguido doblegar tu voluntad  hasta convertirte en un lacayo, un esbirro, una marioneta que solo responde ante su amo.

Muchos podéis verme como un mártir del currito, que se deja la piel en el trabajo, pero nada mas lejos de la realidad...

Y siempre ha sido así, no voy a ir en plan "yo al principio me mataba a trabajar", o "en mis tiempos no habrías durado ni un día", o la que más me tocaba los cojones: "si estuvieses en África te comerían los leones". ¿Sabéis cuantas muertes causan los leones al año? Pues la triste suma de 70 personas al año. si, el rey de la selva, ese brutal depredador, apenas cosecha un tercio de las almas que se llevan nuestros amigos los perros. Es bastante más probable que un humano se coma al puto león que lo contrario. Y es que no lo puedo evitar, soy un humanista. Al fin y al cabo, sin proponernos extinguimos especies y arrasamos páramos para no tener que caminar 25 metros del coche a casa.

Bueno, a lo que iba. Me incorporé al mercado laboral a los 18 años, recién terminado el instituto y con la convicción que solo puede tener el que se dio cuenta en los años de instituto de su gran verdad: soy un vago.

 Demasiado vago para el instituto, para los profesores fui la eterna promesa, el chico con cara de listo, que no rendía porque se aburría en clase. Para mis compañeros, supongo que mas bien fui un cáncer, que los arrastraba a bares en horas de clase (eran los 90, aun podías permitirte ese lujo sin que apareciera la pasma buscándote). Para mis padres, esa gran decepción a la que no había manera de controlar. Nada se me daba demasiado bien en el instituto, las clases de ciencias me parecían treméndamente aburridas, mientras que las de letras me saturaban con ingentes cantidades de datos que intentaba retener aun importandome un pepino. Total, fracaso al canto, estudiar no era para mi, muy sacrificado... Llegó la hora de lo que había estado temiendo todos estos años, la única opción disponible para un chico simpático con cara de listo: Trabajar.

Y es que tenéis que entender que a finales de los 90 la cosa no estaba como ahora. Las fábricas eran prácticamente aspiradoras sedientas de mano de obra esclava. Los de mi generación vimos como niños de 14 años pasaban de estar en el colegio un día, a manejar una máquina de vulcanizado al siguiente. Las jornadas eran tan largas que al salir te encontrabas contigo mismo en la puerta. Fue la magia de la era Aznar, los polígonos parecían Bangradesh, con niños jugueteando con bidones de cola y disolventes. Me sentía como los pioneros de la era industrial en Londres, manos callosas y pulmones negros del alquitrán.

Pero no todo era un Erasmus en China, un nuevo arte afloraba con una fuerza de mercado imparable y un capital inexplicable, la construcción. Ahí si que se curtían hombres de verdad, un año en la obra equivale a cinco en la tierra, y dos almuerzos a la comida de una semana. Tampoco me veía en la obra, demasiado cansado.

Y es que todo esfuerzo resultaba demasiado grande para un joven cuerpo macerado en alcohol, que lo único que había hecho  durante doce horas seguidas era dormir. 

 

Pero había una persona que creía en mi. Una persona que no estaba dispuesto a verme pasar el día tirado en el sofá buscando respuestas en los vapores que emanan de la lejía. Un hombre conocido por perseverar contra toda esperanza. Mi padre, el tenía preparado un futuro para mi.

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